Voy atenta, mas no miro, me pregunto si nuestros pensamientos son recíprocos. Y entonces, como de costumbre, algo me lleva de vuelta a las nubes, el lugar preferido de mi cabecita pensante. Charly me susurra mágicamente... "Dios es empleado en un mostrador, da para recibir. ¿Quién me dará un crédito, mi Señor? Sólo se sonreír."
Por la ventanilla veo un rostro oscuro, triste su expresión y no comprendo. Allá en mi niñez me enseñaron, en la Iglesia, que el rico es el pobre, y el pobre dichoso. Pero no fue lo que vi, ni lo que veo ahora. ¿Puede ser el hambre alimento de nuestra alegría? ¿Y si ella se apodera de mis seres queridos algún día, serán ellos felices? ¿Lo seré yo, si ella los cubriera como un manto oscuro, apretando sus tripas, y mostrando sus huesos? Incertidumbre... Recuerdo los cánticos que nos enseñaban en la escuela, y siento impotencia. Seguramente Dios no se explicó bien.
Somos humanos, superficiales, y parece que cada vez nuestras burbujas son más pequeñas, lo tuyo, lo mío, ojo por ojo, diente por diente... Nos jactamos de nuestra viveza y en realidad estamos muertos en vida, moviéndonos como robots. Acá en el planeta tierra las sonrisas están devaluadas, no las compramos, no las vendemos, no las vemos. Y entonces yo no sé que opinará Dios al respecto. Si anda por ahí, de seguro no muy contento...
Y avanza el 145 a tumbos por San Luis, mi cabeza golpetea suave contra el cristal goteado mientras, una vez más, voy rumbo a la Siberia. Auriculares puestos, zapatos mojados, el paraguas que mi hermana no me presta en mano, y mis compañeros que fingen no verme en los asientos de al lado. ¿Soy un robot en mi burbuja? Afuera ya se desata la tormenta.
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